MUJERES ENCERRADAS
Se explaya sobre el Patronato de Protección a la Mujer,lo descubrí gracias a Consuelo hace 10 años pero en inglés queda más mono y se entiende mejor. Esa mentalidad de encerrar a la mujer que sacaba minimamente los pies del plato nos afectó a todas para mal. Tuvimos nuestra propia cárcel de niñas ricas, "recogidas". El art primero que lee y comenta está en La Marea, es de 25 de enero de este año, lo firma Guillermo Martínez.
Apasionantes los gráficos y esquemas para clasificar psicológicamente a las personas, un tesoro,
Ls plsntilla para hacer informes internos sobre las personas no era tan detallada en palabras psicológicas, se basaba más en las normas opusinas, pero la idea es la misma, el fondo "obedece o no obedece". Qué crisis de autoridad después de una sociedad tan autoritaria, en especial con las mujeres.
La GESTAPO española para mujeres de la que nadie ha hablado, en bebesrobados.org, entrevista a Consuelo de Angel Nero, cuántos detalles olvidados que nos acercan: no era por prostituirse que las recogían, al contrario ¡como en Escrivalandia! si eres de Cuenca te llevaban a Lugo y si de Barcelona a Sevilla para separarte de tu familia y que no tuvieras a quien acudir si te fugabas, esos métodos porían incitar a recurrir a venderse, qué barbaridades. También dice que la llamaron de todo cuando empezó a contar estas cosas e incluso "fueron a buscarla".
Con respecto a la religión, también señala que “yo entré siendo creyente, y me desengañé en una semana, si de verdad creían que el adoctrinamiento religioso funcionaba se equivocaban, aquello era una fábrica de ateas, en una semana, al llegar al sábado ya te cagabas en dios, porque todo era en nombre de dios, rezar, rezar, y de ahí salimos todas ateas perdidas”.
Incide en el trato inhumano al que eran sometidas “te hacían sentir culpable, te intentaban convencer de que tu eras una pecadora, a mi la psicóloga me decía, si pudiera, te arrancaría el cerebro, te lo metería en lejía y te lo volvería a poner”. Esa psicóloga, que también era religiosa, al ver que no podía con ella, la encerró en una habitación pequeñísima, con un cuadro enorme de la fundadora de la orden y le dijo, ponte de rodillas, delante de nuestra santa, y jura que te vas a quedar voluntariamente aquí hasta los 25 años”, pero Consuelo le contestó que antes se mataba y se escapó corriendo hasta la terraza, con la determinación de saltar al vacío, se lo impidió otra interna, “no les des el gusto de que tengan otra muerta” le dijo.
El sistema demencial del Patronato tenía un giro de tuerca más en estos casos, “como vieran que insistías en quitarte la vida, o que te autolesionabas, te amenazaban con enviarte al psiquiátrico de Arévalo o al de Ciempozuelos”. Nos cuenta que ni tan siquiera les permitían llorar más que los tres primeros días, y pasado este periodo de duelo una chica la cogió en el pasillo y le dijo, ten cuidado, estás llorando demasiado, si te ven llorando mañana te van a llevar al manicomio, tras lo cual la invitó a que llorara en el cuarto de la limpieza, para que las monjas no la vieran. Hasta que un día dejó de llorar, pero no por dejar de sentir el dolor y la desesperación, sino porque “ya no sentía nada, sobrevivía, conocía el funcionamiento, quebrantaba las normas, sabía como hacerlo para que no me pillaran, pero ya no lloraba”.
Además de esperar que la iglesia pida perdón por los crímenes del Patronato, también esperan un reconocimiento por parte del estado, porque ni tan siguiera son consideradas víctimas, “nosotras no estamos en la Ley de Memoria, no se nos considera parte de la Memoria Democrática.” Se reunieron con el secretario de Estado de Memoria Democrática, Fernando Martínez, que les pidió pruebas, ya que las fotografías, los testimonios de las supervivientes del Patronato le eran insuficientes, “entonces, ¿que tenemos que hacer?”, se pregunta Consuelo, “no saben la suerte que están teniendo con nosotras, que somos súper educadas. Y no decimos otra cosa que la verdad, pero vemos que nos están mandando a la mierda una y otra vez, y están esperando que nos muramos todas, y yo siempre lo digo, que no nos vamos a morir, porque en este momento no nos viene bien”.
Consuelo señala que el Patronato era un sistema que, sobretodo, “buscaba controlar la moral femenina de la época” y donde “contra todo lo que la gente pueda pensar, las de pago, en los reformatorios, eramos las peor tratadas, se cebaban, porque decían que como nosotros veníamos de familias buenas, no teníamos perdón de dios, porque nos habíamos torcido”. Su irreductible rebeldía hizo que la trasladaran al reformatorio de Ávila, donde la monja que la acompañó la vio tan mal que le dio un beso y le dijo, “no te preocupes, que enseguida te vendré a buscar”. No la volvió a ver.
También está la cuestión del trabajo esclavo, “el Patronato no sé si era un negocio, porque en los 70 pagaba por tutelada al mes 2.000 pesetas, y eso no era suficiente, por eso los talleres de trabajo, que eran de las congregaciones, no del Patronato, y eran quienes se enriquecían. Era la Iglesia la que ganaba dinero con nosotras, que no dejábamos de trabajar nunca.” Y es que, el sistema era una máquina perfectamente engrasada para que las internas fueran rentables para las instituciones religiosas en las que estaban internas, cobraban a las familias de las más pudientes, cobraban de la administración y también se quedaban con las ganancias del trabajo de las internas, “Yo si cobraba, cuando, por ejemplo, iba a cuidar niños, pero tenía que entregarlo todo. Hacían que cobraras por semana, porque con el sueldo de una semana tu no te podías escapar, pero con el sueldo de un mes, si. Tu tenías que entregar todo el dinero, y te daban para una tarjeta semanal de metro, y para un paquete de tabaco, el resto se lo quedaban las monjas. Y en los talleres no nos pagaron en la vida.”
Su situación cambió cuando la llevaron al centro Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, en Barcelona, donde entró muerta de miedo, y se llevó una gran sorpresa “tenía una habitación individual, aunque fuera muy pequeña, tenía mi intimidad, no tenia uniforme, no era obligatorio ir a misa, si no rezabas no pasaba nada, la comida era buena y, el primer mes nos dice la monja, poneros en fila que vais a cobrar, y como dijo vais a cobrar yo creí que nos iban a pegar, pero nos dieron 200 pesetas, y le digo a la monja, ¿y esto?, esto es por tu trabajo.” Aunque Consuelo quiere señalar que no dejaba de ser un reformatorio, que el ambiente era de “talego total”, pero lo que no entendía era “que si ellas tenían el mismo presupuesto, es que en el Buen Pastor se comiera tan bien, y en las Adoratrices tan horriblemente mal, porque dependían de la misma institución, del Patronato, y del Tribunal de Menores.” Hasta le daban cinco cigarrillos por día, a pesar de ser menor de edad, “estaba mejor montado, si a ti te dan tabaco, no te vas a esconder a fumar, si comes bien, no vas a robar comida.”
HISTORIA DE MARIONA
Por participar en manifestaciones y correr el riesgo de ser detenida, sus propios familiares acabaron llevándola al Patronato:
No la llevaron a casa. En cambio, la llevaron a un convento. A Mariona no le dieron ninguna explicación; solo recuerda la furia de sus padres.
Días después voló a Madrid con su padre. Allí, la llevaron directamente a otro convento, perteneciente al sistema del Patronato, dependiente del Ministerio de Justicia español.
Ella y las demás mujeres internadas fueron clasificadas y segregadas.
Mariona dice que acabó en la primera planta, reservada para "las rebeldes, las que consideraban mujeres caídas".
El Patronato tenía la potestad de detener a cualquier mujer menor de 25 años que no se ajustara a las normas. No eran criminales, sino mujeres consideradas necesitadas de "reeducación". Pero Mariona nunca supo las historias de las demás mujeres con las que estuvo confinada.
"No nos dejaron hablar. Es increíble", dice. "Y uno se pregunta, ¿cómo lo consiguieron?"
A las internas solo se les permitía intercambiar saludos sencillos entre sí, una forma de control y una manera de evitar que las chicas "malas" influyeran en las demás.
"Lo que no podías hacer era conocer realmente a otra chica", dice Mariona. "Porque entonces os separaban: enviaban a una de vosotras a una residencia diferente, o incluso a otra institución".
Calcula que había alrededor de cien internas en el convento. Dormían veinte por habitación, con una monja en un extremo y la puerta cerrada con llave. La rutina diaria era agotadora: oraciones, misa, limpieza del convento y luego horas en un taller confeccionando ropa para comerciantes locales. Mientras las chicas cosían, una monja leía en voz alta para que nadie hablara.
«Había un proceso de adoctrinamiento», recuerda Mariona. «Para que comprendieras que te habías portado muy mal. Luego, una vez que te dabas cuenta, pedías perdón y confesabas».
Tras unos cuatro meses, le permitieron volver a Barcelona por Navidad, pero no le dejaron salir sola. De alguna manera —y Mariona no recuerda cómo— logró escapar, pero su huida duró poco. A las pocas horas, la metieron a la fuerza en un coche con su padre y un tío, y la llevaron de vuelta a Madrid.
"Regresamos al convento al anochecer", recuerda. "Me negué a entrar. Me subieron a la fuerza por las escaleras y me dieron un sedante para que entrara".
Dentro del convento, advirtieron a las demás jóvenes que no le hablaran: a la rebelde que tuvo la osadía de intentar escaparse. Se sintió profundamente sola y, finalmente, empezó a rechazar la comida.
Una drástica pérdida de peso la llevó a ser ingresada en una clínica psiquiátrica. Allí, según cuenta, recibió dos sesiones de terapia de electroshock, seguidas de lo que denominaron "terapia de coma insulínico".´
Mariona afirma que le inyectaron insulina para inducir una hipoglucemia profunda, un estado similar al coma causado por un bajo nivel de azúcar en la sangre. Se creía que esto podía reducir los síntomas psicóticos o esquizofrénicos y, de alguna manera, "reiniciar" el cerebro del paciente.
Se trataba de una "terapia" que se estaba dejando de usar en muchos países por una sencilla razón: podía ser letal. Mariona recibía una inyección de insulina por las mañanas. Más tarde la sacaban del coma y la obligaban a comer, mentalmente comenzó a desconectarse
"Cada día me sentía más aturdida" empecé a decir cosas como "he lastimado a mis padres".
"Entré en ese proceso de sumisión y aceptación"
Marina cree que el tratamiento con insulina dañó irreparablemete su memoria. Sospechando que le provocaba olvidos comenzó a escribir un diario. Mäs de 5 décadas después este documento descolorido serviría de base para el documental de Marina sobre la experiencia de su madre.
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