Se me ha pasado el cuatro de agosto, fiesta del Cura de Ars y de la Declaración de los Derechos Humanos y abolición de los privilegios del Antiguo Régimen en 1789. Lo celebro con retraso por aquello de que no cabe una cocina con menos tono humano, una cocina de labrador pobre la de este cura, que verdaderamente tenía el don para aliviar a las personas de sus cargas. No sé porqué no hay más gente así. Compara esta pobre y ennegrecida cocina del Cura de Ars con las grandezas, finezas, aristocracias y servicio, cocineras, doncellas de uniforme, comedor restringido para sus cuatro o cinco compinches cercanos, todo ello en palacete exclusivo antigua embajada reformada en un barrio burgués de la Ciudad Eterna. Va y lo nombra intercesor. A un cura que vivió entre campesinos, que no huyó de sus obligaciones, que le costó aprender latín, no era un fiera intelectual ni un número uno en los estudios. Solo un sacerdote de pueblo semianalfabeto predicando y confesando para semiana...