NO CONFUNDIR MENSAJE RELIGIOSO CON TEOLOGÍA









































Kari, espero que no cumplas tu palabra de desaparecer. A mí el dato de la religión de una persona, su creencia o increencia hace mucho que no me dice nada. Lo importante es cómo es la persona, con independencia de lo que diga creer, y si se tienen puntos en común con ella.




Sobre el tema de lo que significa tener fe me parece que es difícil encontrar una reflexión más acertada que la de Simone Weil. Ella había nacido en una familia judía no practicante del judaísmo. Fue la filosofía, la enorme capacidad de pensamiento que tenía esta mujer la que la llevo a enunciar las ideas más profundas sobre el tema que yo he leído. A mí me parece que más allá de lo que ella dice en este tema no se puede ir.

Era una persona profundamente religiosa, pero sin pertenecer a ninguna iglesia. La rodearon curas que intentaron que recibiera el bautismo. Y ella dió sus razones para no hacerlo, aunque es curioso como ha habido gentes católicas que han intentado "apropiarla" para la iglesia, hacerla católica.

Con sus reflexiones sobre la religión se adelantó a los documentos del Concilio Vaticano II.


Aquí está el artículo completo del que saco lo que más me ha interesado:

http://www.revistacriterio.com.ar/iglesia/simone-weil-salus-extra-ecclesiam/




"Son múltiples los aspectos en que la obra de Simone Weil influyó en la filosofía y en la teología del último medio siglo. Múltiples, también, las vidas que en el breve término de 34 años la filósofa francesa fue capaz de vivir: profesora, militante de izquierda, obrera de fábrica, combatiente republicana en la guerra de España, teóloga, mística. Esa multiplicidad es capaz de provocar desconcierto y a la vez fascinación; es capaz de nutrir muy diferentes aspiraciones y reflexiones, y puede transformarse en objeto de muy diversos intentos de apropiación".


"Tras dejar su trabajo de profesora para compartir el trabajo de los obreros en una fábrica dice haber recibido una indeleble “marca de la esclavitud” que la acompaña toda su vida, el sentimiento de haberse transformado definitivamente en una esclava para compartir la suerte de los últimos."


Estuvo unos meses en la guerra civil española con los anarquistas en Cataluña.

Por entonces ya había “descubierto” el cristianismo –“la religión de los esclavos”, como lo definía– en ocasión de la fiesta patronal de un pueblo de pescadores portugueses a la que había asistido durante un viaje realizado en compañía de sus padres. Ese descubrimiento señala el inicio de un periplo espiritual intenso y trabajoso que profundiza en ocasión de visitas a Asís en 1937 y a Solesmes en 1938. Murió en 1943 a la edad de 34 años.

En los tres últimos años de su vida Simone Weil inicia una serie de contactos con sacerdotes, varios de ellos dominicos, con el deseo de hallar respuesta a una serie de interrogantes que la han ido absorbiendo crecientemente hasta transformarse en una suerte de obsesión. Hubo momentos tensos por la insistencia de los curas en que recibiera el bautismo.

Es en torno a la cuestión del bautismo, de hecho, que las posturas de Weil y de sus interlocutores eclesiásticos se endurecen crecientemente. Los curas no entienden el alcance de las objecciones de Simone para hacerse católica.


"Para ella el problema de si la Iglesia puede o no aceptar fuera de sus límites la existencia de experiencias de vida cristiana auténticas, legítimas desde todo punto de vista, no constituye un mero objeto de elucubración: se trata por el contrario de una cuestión crucial, desde el momento en que la verdadera misión de la Iglesia en el mundo no podría realizarse sino admitiendo esa posibilidad como punto de partida. En parte, también, porque Simone cree que la pertenencia a la Iglesia se relaciona con la realización de una vocación personal a la que se refiere cuando hace uso de los conceptos de perfección y de imperfección. Porque la perfección no se mide a su juicio en relación con criterios generales, universales, pasibles de ser enunciados y definidos objetivamente: cada individuo alcanza la suya en la medida en que es capaz de transformar su vida adecuándola a un designio especial de Dios que ha de tomarse el trabajo de descubrir y dilucidar. En otras palabras: una de las afirmaciones a las que Simone no está dispuesta a renunciar a ningún costo cuando plantea un eventual ingreso a la Iglesia es la absoluta validez de permanecer fuera. "

Eso de que la perfección no es café para todos me agrada especialmente después de la experiencia moldeante del opus dei, que nos mete a todos en la misma cuadrícula de normas que cumplir, y nos dice que con eso "nos aseguran el cielo": cada vida humana tiene su propio camino que dilucidar.


Según Weil la Iglesia no es católica por su voluntad de incorporar a todos los hombres al número de los bautizados, sino por su capacidad para aceptar como legítimas, e incluso como propias, la totalidad de las manifestaciones religiosas auténticas. Para Simone existen dos elementos fundamentales que permiten dilucidar si una religión debe ser encuadrada en esa categoría o si por el contrario debe contarse en el número de las “falsas”: uno de ellos es la fe en un Dios al que se reconoce como bueno; el otro es la gratuidad de la experiencia religiosa, el rechazo de “pactos” que regulan la relación entre Dios y sus criaturas. Porque entre Dios y los hombres no hay nada que se pueda “pactar”, simplemente porque no hay nada que las criaturas puedan ofrecer a su Creador.

El cristianismo no es la única “religión auténtica”, y la Iglesia es católica –universal– en la medida en que logra abarcar a todas las religiones auténticas. “Siempre que un hombre invocó con el corazón puro a Osiris, Dionisio, Krishna, Buda, el Tao, etc., el Hijo de Dios respondió enviándole el Espíritu Santo. Y el Espíritu obró sobre su alma, no obligándolo a abandonar su tradición religiosa, sino dándole la luz –y en el mejor de los casos la plenitud de la luz– en el interior de esa tradición”


Para Weil la Iglesia no es más católica en la medida en que el impulso misionero incorpora a su seno a más gente; lo es relación a su capacidad para abrazar al resto de las “religiones verdaderas” reconociéndoles pleno derecho de ciudadanía. “El cristianismo, puesto que es católico, debe contener todas las vocaciones sin excepción. En consecuencia, también la Iglesia debería hacerlo”


La pregunta surge de inmediato: ¿por qué razón, entonces, profesar una religión y no otra? Porque las religiones, nos explica Simone, se adecuan al ethos de cada pueblo, de manera que cada uno de ellos encuentra en la propia el modo específico de relacionarse con Dios y la vive como la única verdadera y la única posible. Es parte de su arraigo. Pero la Iglesia ha de ver más allá.

El otro punto tiene que ver con la vocación personal, con el destino, con el designio de Dios para su vida. Porque entre las múltiples vocaciones que el cristianismo debe contener figuran no sólo las colectivas, sino también las individuales. Crucial aquí es la cuestión de las relaciones entre el individuo y la colectividad: “la colectividad es depositaria del dogma; y el dogma es un objeto de contemplación para el amor, la fe y la inteligencia, tres facultades estrictamente individuales”. De allí que conciliarlas implique construir una “armonía en sentido pitagórico: justo equilibrio de los contrarios”. En reiteradas ocasiones Simone Weil expresó en esos precisos términos sus dudas en relación con un eventual ingreso a la Iglesia. Se preguntaba si la voluntad de Dios –su perfección– era que adhiriera a la Iglesia, o si por el contrario deseaba que permaneciese “en la intersección entre el cristianismo y todo lo que no es él”. En una autobiografía que envía a Perrin a mediados de mayo de 1942 afirma que hasta el momento, a pesar de haberse propuesto la cuestión durante la oración, durante la liturgia y “a la luz del resplandor que queda en el alma después de la misa”, no ha experimentado nunca la sensación de que Dios la desee dentro de la Iglesia, lo que la conduce a concluir que, al menos por el momento, su vocación, la voluntad de Dios, es que permanezca fuera de ella. No se trata en este caso de objeciones de naturaleza intelectual y por lo tanto objeto de la inteligencia, sino de razones que anidan en su sensibilidad y que deben ser discernidas e interpretadas mediante el ejercicio de la contemplación y de la “atención”. A la postre, Weil parece convencida de que su vocación personal, su modo de ser perfecta, es dar testimonio de vida cristiana fuera de la Iglesia.

Ese testimonio no es de ningún modo marginal: es por el contrario clave en su contexto histórico, porque el cristianismo está llamado a dar respuesta a una situación en buena medida inédita y a todas luces dramática: “nunca en toda la historia actualmente conocida hubo una época en que las almas estuvieran tan en peligro como ahora en todo el globo terrestre”, escribe a Perrin. El problema es que la Iglesia romana no está a la altura de ese desafío epocal: ha heredado de Israel la absurda idea de que es ella el único espacio posible de salvación, ha confundido la fe con la pertenencia, a Dios consigo misma. Si la imagen del cuerpo místico que propone la eclesiología de la época es rechazada de plano por Simone Weil es justamente porque favorece, a su juicio, una confusión entre el Cristo y la Iglesia que juzga gravemente errónea, si no blasfema. En virtud de esa confusión la Iglesia pretende obligar al amor y a la inteligencia a adoptar “su lenguaje por norma”, una pretensión que, lejos de proceder de Dios, nace “de la tendencia natural de toda colectividad, sin excepción, a los abusos de poder”. No ha comprendido que el único camino de salvación es que el cristianismo se encarne en la vida profana en lugar de negarla, y que la vida profana en Occidente ha sido moldeada por los pueblos denominados “paganos”, en particular los griegos.


Para Weil la Iglesia tiene la misión de “mostrar” al Cristo, de comunicar un anuncio de salvación, de conducir a los hombres al conocimiento de una verdad de la que no posee el monopolio. No la de imponer una teología que excluye a las demás tradiciones religiosas auténticas, no la de incorporar a su seno a todos los hombres obligándolos a abjurar de cuanto no se ajusta a sus propias enseñanzas. La Iglesia confunde el mensaje religioso con la teología. Lo único que impone el Evangelio, en su opinión, es el anuncio de que Jesús es el Cristo, anuncio que ha de agregarse a las demás tradiciones religiosas auténticas y a las tradiciones “profanas” de cada pueblo, porque es capaz de iluminarlas a todas en lugar de sustituirlas generando desarraigo y dolor. Sólo entonces el cristianismo podrá llamarse a sí mismo “católico”.

Hoy se habla de los que "creen sin pertenecer" = “believing without belonging” Desde los años 60 es clara la transformación de numerosas instituciones –partidos políticos, sindicatos, clubes– de “instituciones de pertenencia” –aquellas en las que los miembros se inscriben en forma vitalicia– en “instituciones de servicio” a las que se recurre en situación de necesidad


En las lecturas más autocríticas, esos hombres se han “alejado” porque la Iglesia no ha sabido retenerlos, porque no ha dado respuesta a sus necesidades espirituales. En las más miopes todo es culpa del “mundo moderno”. Pero en todos los casos se los considera una “anomalía” que debe ser corregida por medio de una adecuada acción pastoral. Simone Weil propone una lectura distinta, que contempla la existencia de múltiples vocaciones cristianas, colectivas e individuales, dentro y fuera de la Iglesia. Piensa una Iglesia cuya función primordial, si no única, es la de ser depositaria de los sacramentos y custodio de los textos sagrados; la de formular, sí, “decisiones sobre algunos puntos esenciales”, pero “sólo en calidad de indicación para los fieles” En su opinión el futuro del cristianismo y la salvación de las almas dependían de esa transformación, de la capacidad de la Iglesia para convertirse en aquel árbol de la parábola en el que anidaban todos los pájaros.




Comentarios

.teri ha dicho que…
Me ha encantado el post y lo he entendido muy bien. Así es como debería ser Jesús: universal; y no machacar culturas y distintas creencias religiosas. Si una cultura con sus creencias tiene potencia para aceptar el Evangelio, creo que lo aceptará sin dejar de ser.

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