PILDORAS II


En la década de los sesenta la cuestión del control artificial de los nacimientos se planteó con toda su agudeza en la iglesia católica. En 1962 Juan XXIII puso en marcha una comisión sobre la familia para estudiar la cuestión. Hasta 68 miembros llegó a tener la comisión. Ni los cientos de millones de católicos que esperaban un pronunciamiento de la iglesia ni el propio papa lo tenían claro.
Pablo VI concedió una entrevista en 1965 a Alberto Cavallari. El periodista no quiso sacar el tema del control de los nacimientos porque sabía que podía ser incómodo. Pero fue el propio Papa el que habló de él. Pablo VI se expresó con el “Nos” que entonces usaban los papas para hablar de si mismos:


“El mundo nos pregunta qué pensamos y estamos intentando dar una respuesta. Pero ¿qué respuesta?. No podemos estar callados. Y hablar es un problema. La iglesia no ha tenido que tratar con este tema durante siglos. Y esta cuestión es algo embarazosa incluso humanamente para los hombres de iglesia. Por ello la comisión se reúnen, los informes se amontonan, se publican algunos estudios. Estudian mucho pero tenemos que tomar una decisión final. Y para decidir, estamos totalmente solos. Decidir no es tan fácil como estudiar. Tenemos qué decir algo, pero ¿qué? Dios nos tiene que iluminar.”

Me gustan estas reveladoras palabras de Pablo VI, como hombre célibe de iglesia reconoce que “no tiene ni idea”. Bien por el Papa Pablo VI. Bien por su honestidad. El tema del uso y disfrute de la sexualidad, de los hijos que se tienen cuando y cómo, para un cura y para un papa, para un numerario o numeraria charlista, para un vocal de san Gabriel, siento decirlo pero ya es hora, es “pura teoría”. No así para hombres y mujeres decididamente católicos que quieren ser fieles a su fe y al mismo tiempo no morir en el intento de sacar una familia adelante.
También me gusta este párrafo de Pablo VI porque muestra como el dogma de la infalibilidad papal es una pesada carga puesta sobre los hombros de un hombre como los demás. Una carga innecesaria, no hace falta ser infalible para ser un hombre de fe, fiel a las enseñanzas esenciales de Jesús. No hace falta, es más bien un estorbo, es querer situar al papa por encima de los demás mortales que tenemos aciertos y equivocaciones, que somos personas, no máquinas. Y una vez más Jesús tampoco habló de infalibilidades de nadie. Estas palabras de Pablo VI dan testimonio de que el Papa como cada uno de nosotros se ve confrontado a decisiones. Decisiones que afectan a millones de seres humanos en el mundo. Y todos somos seres históricos, no escapamos a las “contingencias” de nuestras personales circunstancias históricas, ni siquiera un papa,  por tanto tampoco escapamos ni a las dudas ni a las presiones del entorno.

Mientras los 68 integrantes de la comisión trabajaban sobre el tema, unos 20 cardenales y obispos presididos por el cardenal Ottaviani tenían la función de evaluar los informes hechos por la comisión. Efectivamente no estaba ni el Opus Dei ni los Legionarios en “aquellos entonces” debatiendo el tema, pero sí había otros representantes del conservadurismo eclesiástico más tenaz como este mismo cardenal Ottaviani.
El 23 de abril de 1966 sólo cuatro curas de la comisión decían que estaban obligados a mantener la prohibición de la limitación artificial de los nacimientos. Pero reconocían que no tenían ni apoyo escriturístico ni en la “ley natural”.
Sólo en octubre de 1951 Pío XII había dicho en audiencia a las matronas católicas italianas que era lícito el uso de los “ritmos” biológicos cuando había serias razones para evitar nacimientos. Pero esto era la ruleta rusa, no es tan fácil dar con los días. Por eso el Papa había pedido que se investigara más en ese método. Pío XII había cambiado ligeramente la doctrina de sus predecesores que sólo veían como lícito el uso de la sexualidad para la procreación.

Después de Pío XII además del advenimiento de otro Papa se inventó  la píldora. La infalibilidad se había atribuido al papa, pero no la clarividencia del futuro. Una nueva situación requería una nueva respuesta. Pero los cuatro sacerdotes de la comisión seguían con su antigua respuesta. Finalmente la comisión escribió su informe. 64 sobre 68 teólogos, expertos legales, sociólogos, médicos, ginecólogos y parejas casadas afirmaban que un cambio en la doctrina era posible y aconsejable.
El informe fue sometido a la comisión evaluadora de cardenales. Estos hombres de iglesia reaccionaron con perplejidad, obligados a dar su propio visto bueno, 6 prelados se abstuvieron, 8 votaron a favor de recomendar el informe al Papa y 6 votaron en contra. En la Curia romana se repitió el desconcierto: hubo prelados que aplaudieron la recomendación para el cambio, otros lo vieron como una de las desagradables consecuencias del concilio. En esta última categoría estaba Ottaviani, cuyo escudo episcopal rezaba “Semper idem”.
En 1966 él era la persona más poderosa en la iglesia católica tras el Papa. Se trataba de un prelado que había pasado toda su vida en la Secretaría de Estado del Vaticano y en la curia sin haber tenido un puesto fuera de Roma. En suma: el punto de vista privilegiado y la mejor experiencia para decidir sobre estas espinosas cuestiones. Se veía a sí mismo como el defensor de la fe que no se debía de acomodar a los tiempos. El no iba a ceder, y el Papa tampoco debía de ceder.

Ottaviani contactó con los cuatro curas disidentes de la comisión de 68: Marcellino Zabala S J, el redentorista Jan Visser, el franciscano Hermenegildo Lío y el jesuita John Ford. Sus opiniones estaban en el documento que se había entregado al Papa, pero Ottaviani les convenció ¿o conminó? a que crearan un segundo documento. No importaba si esta era una forma poco ética de proceder, lo importante era que le dieran un arma que blandir ante el Papa.

El jesuita John Ford llegó a decir que si debía prevalecer la voz de la mayoría él se vería obligado a dejar la iglesia. Un epítome de la arrogancia. El informe de los cuatro fue presentado al Papa junto con el otro informe. Y lo que siguió fue una ilustración más de la habilidad de la minoría curial para controlar la situación y manipular los acontecimientos. Cuando los dos informes fueron sometidos al Papa, la mayoría de los 68 miembros de la comisión ya se habían dispersado por diversos países.  Convencidos de que el papa iba a anunciar la aprobación del control artificial de la natalidad algunos de ellos empezaron a preparar un escrito que sirviera de introducción al futuro documento papal.
Cardenal Ottaviani (1890-1979) Implacable contra el control de la natalidad,  indulgente con la pederastia clerical

Durante 1967 y 68 Ottaviani capitalizó la presión sobre el papa, al tiempo que impedía a los miembros de dicha comisión que se habían quedado en Roma argumentar con Pablo VI sobre el tema. Otros cardenales curiales que se encontraban diariamente al Papa sí tenían derecho a aconsejar en la línea Ottaviani: Cicognani, Browne, Parente y Samore. Diariamente le decían que aprobar el control artificial de natalidad sería traicionar la herencia de la iglesia. Le recordaban los criterios del código canónico, hecho por célibes a lo largo de los siglos, sin tres pasos esenciales: erección, eyaculación y concepción la relación sexual es inmoral. Legalizar la anticoncepción por vía oral destruiría esta ley canónica.
Como Hamlet, Pablo VI el papa de las dudas, estaba encerrado en su propio castillo de Elsinore dándole vueltas a la cuestión. Finalmente le dijo a monseñor Agostino Casaroli que el problema de la anticoncepción no sería ya competencia del santo Oficio y que él solo tomaría la decisión final. Se fue a Castelgandolfo a escribir la encíclica.

También le llegaron más opiniones, como el informe hecho por el obispo de Vittorio Veneto, Albino Luciani, en representación de todos los obispos de la región del Véneto. Durante años Luciani había hablado del tema con sociólogos, teólogos, médicos y sobre todo con los auténticos protagonistas, las parejas casadas. En contacto con las dificultades reales de la pobreza y las bocas que alimentar se ven las cosas de modo diferente a jesuitas u otro tipo de curas en contacto directo con el Espíritu Santo. Luciani escribió su informe aconsejando que la iglesia católica debería de permitir el consumo de la píldora anovulatoria del profesor Pincus, que sería la “píldora católica”. Cuando se piensa en los problemas reales de las personas siempre hay salidas de conciliación.
La cuestión de la píldora anticonceptiva planteaba problemas a los curas a la hora de dar la absolución en el confesonario.

El 25 de julio de 1968 salió Humanae Vitae y fue para muchos católicos un momento histórico. ¿Más desastroso que el caso Galileo del XVII o el dogma de la infalibilidad del XIX? El Papa Pablo VI obvió el asesoramiento de la comisión que él mismo había creado: los únicos medios para espaciar los nacimientos son la abstinencia y el “método natural”, el uso del matrimonio no debe hacerse impidiendo los nacimientos. Millones ignoraron al Papa, continuaron practicando su fe y usando la píldora o cualquier otro medio anticonceptivo. Millones perdieron la paciencia y la fe. Otros se fueron en busca de curas más comprensivos, otros intentaron seguir la encíclica al pie de la letra y se encontraron con que evitando un pecado caían en otro, el divorcio.
Fue Andrés Helleger, ginécologo y miembro de esa experta comisión reunida por Pablo VI el que dijo aquello de: “no puedo creer que la salvación se base en la anticoncepción por medio de medir la temperatura y la condenación se base en el látex.”
El cardenal Felici por su parte apostilló: “el error ocasional del superior (el Papa) no autoriza a la desobediencia de los súbditos”.
Pabl VI, el papa de la Huamane Vitae (1968)


Me pregunto, ¿Jesús habría considerado a sus seguidores sus “súbditos” que le deben obediencia?

Para contextualizar, el mismo cardenal Ottaviani que tanto empeño le puso a no desvirtuar las “sagradas leyes canónicas” le echó también bastante al documento de marzo de 1962, reinando Juan XXIII titulado “Instrucciones sobre la manera de proceder en casos de incitación sexual.”
Las instrucciones de este documento van en la línea de asegurarse la reserva total, en caso de que un sacerdote incite o abuse de un niño. La víctima debe presentar una queja en un plazo de treinta días desde que se cometió el delito. De no hacerlo así la víctima queda automáticamente excomulgada. La víctima es un niño en general, esta directiva es inverosímil.
El supuesto perpetrador debía de ser transferido a otro puesto a menos que el obispo del lugar lo haya prohibido.
Tanto el perpetrador como la víctima son conminados a observar perpetuo silencio so pena de excomunión. El documento de Ottaviani dejaba claro que de cualquier forma el error, el vicio, la depravación, la inmoralidad eran propios del rebaño, nunca de los pastores. Y el enfoque principal era que los delitos de este tipo cometidos por miembros de órdenes religiosas fueran encubiertos en la mayor medida posible.

Doy gracias a Dios, de corazón, porque al menos esta doctrina “infalible, inamovible, milenaria” de la iglesia ha empezado a cambiar. Se han descubierto los delitos y tras años de encubrimiento los propios curas colaboran.

 Pero no deja de ser curiosa en toda esta historia las diferentes varas de medir de los cardenales curiales en lo que tiene que ver con la sexualidad según quienes sean los implicados. Sin haber hecho estudios de teología moral en ninguna destacada universidad pontificia me atrevo a decir que se causa más sufrimiento, y es más cruel abusar o incitar sexualmente a un menor que tomarse una píldora para evitar la concepción ¿a quién se daña con ello?  El menor puede arrastrar esa historia como una herida psicológica incurable durante toda su vida. Vergüenza y culpa, sentirse sucio cuando uno mismo es la víctima. Lo peor que se le puede hacer a un ser humano inocente que tiene la vida  por descubrir es sembrar en él dolor, semilla de odio, en lugar de ayudarle a crecer. A lo mejor por expresar algo tan fácil de comprender necesito ser reconducida al redil por los inquisidores romanos que hoy se expanden por el orbe.

Por cierto las doctrinas que nos han llegado de Jesús como “dar al que te pide más de lo que te pide”, cuando las vemos hechas vida nos siguen pareciendo de locos. Porque el mundo, la gente no somos así de generosos como lo era El, y eso es lo que cuenta.

 Para terminar: mientras estas discusiones,  rupturas de laicos y sacerdotes con la iglesia y sufrimiento por las contradicciones impuestas, el Vaticano siguió haciendo beneficios con el Istituto Farmacologico Sereno, cuyo producto estrella era la píldora anticonceptiva Luteolas.
 (Fuente: David Yallop, In God's name 1984, El Poder y la gloria 2006)

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