CURAS NAVARROS Y CURAS CASTELLANOS


Del libro de Fraser "Recuérdalo tú, recuérdalo a otros" quiero al menos sacar dos testimonios gráficos sobre cómo era España en 1936, el de un navarro carlista y otro de un jornalero andaluz. Dos mundos totalmente diferentes. Hay tantas cosas que se aprenden leyendo la historia, nos han vendido una burra vieja.


Antonio Izu, campesino carlista, en pp. 165 a169 del primer volumen:

Carlistas


La barrera gris del Guadarrama se alzaba ante él. Decían que ni siquiera Napoleón había podido tomar el paso en un ataque frontal. Oyó el silbido de las balas perdidas y recordó lo que decían los carlistas veteranos. No había soñado en otra cosa desde que tenía uso de razón. Su abuelo había luchado en la última guerra carlista y le habían perdido, las tres guerras carlistas habían terminado con la derrota. Ahora por fin se presentaba la oportunidad de vengarse. Llevaban mucho tiempo esperándola.
"Llevábamos la necesidad en nuestros corazones y almas, esperábamos la oportunidad. Cuando se le presentó, empuñamos el fusil y gritamos: ¡Manos a la obra!"

Llevaba el carlismo en la sangre, era ya carlista al ser concebido y al nacer. La mayoría de la gente, cuando le preguntaban por qué era carlista, respondía: porque lo soy. Era la gente corriente, las clases bajas de Navarra, la que era carlista. Los ricos y los intelectuales no lo eran. El carlismo era un movimiento popular.

Su padre creía firmemente en la causa y era uno de los que pensaban que todo militar de rango superior al de sargento y todo cura que estuviera por encima de un canónigo debía ser despojado de su cargo por parásito. Antonio pensaba que en el fondo su padre tenía algo de anarquista. En Echauri, su pueblo natal, a 14 kilómetros de Pamplona, la familia poseía 45 ha. de tierra, una yunta de bueyes, un par de caballos y una vaca. Estaban bien situados. La mayoría de los 540 lugareños propietarios dueños de 6 ó 10 ha. Había un solo republicano, el veterinario, que pronto se sintió desilusionado. El pueblo era carlista de manera casi unánime...

Delante suyo habçia un escuadrón de caballería insurgente apareció en la carretera, galopando junto al borde hacia Somosierra. En la cabeza del paso se oía tronar a la artillería; las cosas empezaban a ponerse feas. Parecía que las guerras carlistas hubiesen sido vuelto a empezar.

¡Viva el follón!
¡Viva el follón!
¡Viva el follón
bien organizado!
Porque con él
pide justicia todo el requeté.

Así era cómo iban a hacer la revolución carlista. La gente decía que el carlismo, con su lema de "Dios, patria, rey", era ultraderechista. ¡Qué equivocación! El carlismo no era de derechas ni de izquierdas, era sencillamente carlista, católico y revolucionario. Iban a animar las cosas,a  armar follón. No a hacer una revolución izquierdista o derechista, ni a hacer una revoluciçon política, no. Pero sí una revolución que, tras, un siglo de opresión, satisficiera la necesidad innata de explotar que todos los carlistas sentían. Habían partido para la guerra con los ideales propios de una cruzada religiosa. El campesinado no esperaba ningún otro beneficio de la causa. Era un movimiento defensivo.

"Lo que veíamos era el daño que los otros nos harían si el carlismo no existiera. Defensivo, era un movimiento de indingnación y desagrado ante la forma en que se estaba conduciendo la política. Una cuestión de tradición. Pero no de volver atrças, de colocar en el trono a un monarca absolutista. ¡Ni pensarlo!"
El rey al que restauraría sería com un gerente; las leyes las decidiría el pueblo. El rey representaría un ejecutivo estable mientras el pueblo eligiera unas Cortes que legislaran y demarcasen sus poderes. "Quiero un rey que beba de la bota conmigo", decían los requetés. Nada de protocolos y de ir de un lado a otro montado en una carroza. "Un rey tiene que ser como uno más de los habitantes del pueblo..."
El pueblo debía de ser libre; ésa era la esencia, el significado popular de los fueros de Navarra. Ellos expresaban la negativa a someterse que era innata del pueblo; la libertad respecto del centralismo español, pero no respecto de España.
A su modo de ver, la política social del carlismo era sana: lo malo era que casi nadie la conocía. En esencia consideraba que en la producciçon había dos factores fundamentales: el capital y el trabajo. El capitalista aportaba el primero, el obrero el segundo. Como la producción era compartida, también los beneficios( tras deducir la depreciaciçon y el interés sobre el capital) debían ser igualmente compartidos, lo vergonozoso era que nadie tratase de predicar la doctrina...
Delante suyo un soldado de caballería cayó herido; había varios caballos muertos. Las cosas empezaban a tomar mal cariz; el avance continuaba sin pausa.


Era curioso; la república contra la que estaba luchando había sido muy bien recibida en Navarra.¡Por fin había caído la monarquía alfonsina! Pero al cabo de un mes, la república ya era un fracaso. En lo que a ellos se refería, la quema de iglesias y conventos fue el final. Los navarros eran profundamente religiosos. Rara era la familia que no tenía uno o más miembros en la iglesia o en una orden religiosa. En Navarra no se había quemado ninguna iglesia; pero con bastante frecuencia los curas y frailes eran insultados por la calle. No hacía mucho que, al llevar el Viático a un moribundo del pueblo, el párroco de Alsasua había sido insultado por un grupo. El cura entregó la eucaristía al sacristán diciéndole: "Tú cuida de esto, que yo cuidaré de esos". Pronto los puso en fuga.
"no es que los carlistas defendiéramos al clero por tratarse del clero. Los carlistas éramos capaces de expulsar a los curas a pedradas si se hacían amigos de los ricos  no cumplían sus obligaciones para con los feligreses. El carlista defendía la religión y no al cura por el hecho de llevar sotana..."
Pronto comprobaría que no era así en otras partes. En otras regiones el odio hacia la iglesia tal vez fuese en parte obra de la intelectualidad local, pero era mayor parte de culpa que correspondía al mismo clero.

"no era sencillamente una diferencia lo que había entre el clero vasco y navarro y el clero del resto de España. El abismo entre ambos era tan amplio que iba más allá de ser una diferencia. Los comunistas navarros eran más religiosos que los curas castellanos. ¿Le parece un chiste? Pues era cierto. En Navarra, el comunista iba a misa, confesaba y comulgaba al menos una vez al año, que es lo que exige la iglesia. En Castilla, como comprobamos durante la guerra, la persona que no iba a misa era el cura..."

El hecho fue tema de comentarios entre los requetés destinados a Castilla la Vieja y Castilla la nueva. Cuando hablaban con algún cura local, como hacían a menudo, había una cosa que siempre les sorprendía: nunca se jactaba de su iglesia, nunca mostraba orgullo por lo bien cuidada que la tenía. Y con razón; por lo general las iglesias eran destartaladas, pobres, sucias y mal cuidadas.
"Pero casi en todas partes el cura tenía su casa y su jardín bien regado. Era de esto de lo que se jactaban y de las cosechas que cultivaban y recogían. De cosas espirituales no hablaban, pero de sus parcelas tenían mucho que decir..."
En tales circunstancias, allí donde el cura no hacía ningún esfuerzo por atraer a la gente a la iglesia, lo único que cabía esperar era indiferencia. Y eso era lo que encontraba. La otra causa era la falta de cultura de los habitantes de los pueblos. En el suyo propio había un solo joven analfabeto; en Castilla la cosa era distinta. Le parecía que en lo tocante a educación, agricultura, a todo, Castilla llevaba de cincuenta a cien años de retraso con respecto a Navarra. Aunque la gente fuese indiferente a la iglesia era muy capaz de odiar al clero. "por lo que pudo ver durante la guerra, el clero no cumplió en absoluto su misión de ser guía espiritual..." Descubrimientos deprimentes que le aguardaban en el futuro.
EL rugido de la artillería se oía más cerca, más fuerte. Apretó con fuerza el fusil, estaban cerca de la cima. No había disparado ni un tiro. Agotado, sediento, se puso a buscar agua, mteidno la alpargata entre los juncos para beber el agua enfangada que salía de ellos. Los rojos habían cometido una gran equivocación al defender solamente la carretera que cruzaba el paso y un par de elevaciones en vez de toda la sierra. Llegaron a la cima....
Sierra de Guadarrama
El paso había sido capturado. Al día siguiente los insurgentes consolidaron su victoria avanzando sobre el flando de la sierra que correspondía a Madrid y en el que tomaron varios pueblos. En uno de ellos, La Acebeda, Antonio Izu se sintió deprimido ante la pobreza que se ofreció a sus ojos cuando le ordenaron registrar las casas. Camas sin sábanas, cubiertas solamente con unas mantas viejas, dinteles tan bajos que tenía que agacharse para entrar: la prosperidad relativa de Navarra le parecía lejana, terriblemente lejana. Como si la miseria les hubiese afectado, los requetés bajaron del paso padeciendo diarrea y uno de los médicos diagnosticó escorbuto incipiente. Durante casi diez días, desde su salida de Pamplona, vivían a base de víveres fríos, sardinas y pan. Ahora comenzaron a subir al frente alimentos calientes y jugo de limón.
 Los insurgentes llegaron hasta unos 300 metros del depósito que abastecía de agua a Madrid antes de verse contenidos. Cada vez que trataban de seguir avanzando caía sobre ellos un fuego intenso desde el otro bando.
"un año más tarde, cuando hacía calor de noche, solía bajar al depósito y nadar en él. Por lo que pude ver se habría podido interrumpir el suministro de agua o envenenarla, pero nunca se hizo ningún intento en este sentido..."






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