PACTO DE SANGRE

"Esa mujer nunca te amò, esa mujer siempre te engañó " para los que piensan que son reformables. 

Veremos transformaciones pero no conversiones, hay  precedentes. Quienes han abusado del poder que da una vocación inventada a jóvenes personas y la subsiguiente explotación, no dan su brazo a torcer, si acaso montan un tenderete de escucha. Pero las bases siguen siendo las mismas. Pienso en sor Marie y la Comunidad de Belén. 

Quedarán como empresa catòlica educativa de enseñanza media y superior y quien  pueda y quiera invertir en dicho negocio académico, serà libre de hacerlo. Pero el reclutamiento de las esclavas del Señor se acabó. ¿Ayer vimos el principio del fin

Sigo viendo la serie, qué novela montaron, sobreactuando, borrando las huellas del crimen y poniendo otras que incluían suras del Corán restos biológicos y el teléfono del propietario del resto biológico al lado; investigando furgonetas, casas, pisos...todo menos el escenario del crimen y el arma del crimen, multitud de expertos químicos, desactivadores, Tedax, legistas, jurídicos, policías... y ni uno solo capaz de reconocer "esto es un....sainete. Estamos mirando donde no es y preguntando lo que no corresponde". se ha decidido de antemano que el explosivo es tal y hay que decir que es tal. Si se encuentra dinamita utilizada por el ejército entonces 10 químicos atontaos asegurando que la muestra se contaminó, porque es imposible, tiene que ser lo previamente decidido.  No hay prueba ninguna de que los del piso de Leganés fueran los "ponedores" ni de que se dieran muerte a sí mismos, pero como estaba decidido que eran suicidas por mor de Alá, es lo que se dice en la sentencia. 

2004, año de la bajada de pantalones del Estado español frente al Imperio, A los españoles de a pie nos toca verlas venir.  A los de arriba poco les importa la soberanía, independencia, dignidad internacional y justicia de su propia nación.

Con estas premisas, "atrévete a" denunciar trata de blancas y esclavitud como han hecho en Argentina, siendo así que tiran de todos los hilos.

DIVINA PROVIDENCIA Y GUERRA CIVIL

 

El 18 de julio de 1936 iniciada ya la sublevación militar en Marruecos, Franco cumplió las previsiones y asumió el mando insurgente en Canarias y el Protectorado con la misma mezcla de cautela y decisión que había demostrado durante sus años de oficial: por si las cosas iban mal, embarcó previamente a su mujer y a su hija con destino a Francia, se hizo con un pasaporte diplomático y rasuró su bigote para pasar inadvertido en el viaje desde Canarias a Tetuán. Para desconsuelo de los militares sublevados la rebelión solo triunfó inicialmente en la mitad del país, la zona más agraria y rural, pero fue aplastada en la otra mitad, la más desarrollada y urbanizada por una combinación de tropas leales al gobierno y milicias sindicales armadas urgentemente.

EN consecuencia, el golpe militar devino en muy pocos días en una larga y cruenta guerra civil que enfrentaba a una reacción militar, a un lado de las trincheras, contra una alianza forzosa e inestable de reformistas y revolucionarios en el otro lado de las trincheras. En todo caso, el estallido de las hostilidades significó el inicio de la meteórica carrera de Franco hasta convertirse en el Generalísimo de los Ejércitos sublevados y el Caudillo de un pretendido Nuevo Estado donde el falangismo serviría de ropaje modernizante para un régimen socio-político reaccionario y ultra-conservador.

La guerra civil librada entre el 18 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939 sentó, así pues, los cimientos de lo que habría de ser el Estado franquista a la par que sirvió de excelente escuela política y diplomática para Franco. Por esa asombrosa suerte que él tomaba como muestra del favor de la Divina Providencia, la mayoría de los políticos y generales que hubieran podido disputarle la preeminencia pública en el campo insurgente fueron eliminados de la escena: el carismático Calvo Sotelo había sido asesinado previamente; Sanjurjo se mató en un accidente aéreo poco después; los generales Fanjul y Goded fracasarían en su rebelión en Madrid y Barcelona y serían fusilados por los republicanocs; al igual que el líder falangista, José Antonio, que estaba preso desde marzo 36 en una cárcel republicana. Por no hablar de Mola, fallecido en accidente de aviación, junio 37.

Además, fue Franco quien consiguió con presteza la vital ayuda militar y diplomática italiana y alemana, quien fue reconocido como  jefe insurgente por Hitler y Mussolini, quien concitaba mayor aprecio personal por parte de la jerarquía eclesiástica y vaticana, y quien dirigía las victoriosas tropas rebeldes que avanzaban incontenibles desde Sevilla hasta Madrid. A finales de septiembre de 1936 estos triunfos militares y diplomáticos cosechados por Franco y la expectativa de un próximo asalto final sobre Madrid plantearon a la junta de generales que dirigía la sublevación la necesidad de concentrar la dirección estratégica y política en un mando único para aumentar la eficacia del esfuerzo de guerra. Una mera situación de fuerza como la representada por la junta no podía prolongarse sin riesgos internos y diplomáticos. En dos reuniones sucesivas celebradas en un aeródromo próximo a Salamanca, el 21 y 28 de septiembre, los generales decidieron elegir  a Franco como Generalísimo de las fuerzas nacionales de tierra, mar y aire y Jefe del Gobierno del Nuevo Estado Español, confiriéndole expresamente todos los poderes del Nuevo Estado.

El encumbramiento político de Franco significaba la conversión de la Junta militar colegiada en una dictadura militar de carácter personal, con un titular individual investido por sus compañeros de armas como representante absoluto del único poder imperante en la España insurgente: el poder militar. Significativamente, Franco exclamó tras su elección: “Este es el momento más importante de mi vida”.

Y en su primer discurso público de aceptación del cargo en Burgos, el 1 de octubre de 1936, anunció con rotundidad tanto su estilo como sus básicos propósitos políticos:

“Ponéis en mis manos a España. Mi mano será firme, mi pulso no temblará y yo procuraré alzar a España al puesto que le corresponde conforme a su Historia y que ocupó en épocas pretéritas.”

El fracaso de las recurrentes ofensivas para tomar Madrid (noviembre 1936-marzo 37), obligaron a Franco a centrar su atención en los problemas políticos planteados por la consolidación de su régimen de autoridad personal omnímoda. Tuvo la fortuna de contar para esta empresa con la ayuda política y jurídica de Serrano Suñer, evadido de Madrid y llegado a Salamanca (sede del cuartel general del Generalísimo) a principios de 1937. 

Serrano Suñer, el hombre que llegó a gobernar 

El caudillo entre el bello Cuñadísimo y Mussolini

Con el denominado Cuñadísimo como mentor político e ideológico, Franco procedió a dar un crucial paso en la institucionalización de su “Nuevo Estado”: el 19 de abril de 1937, sin previa consulta con los interesados, el Caudillo decretaba la unificación forzosa de todos los partidos derechistas “bajo mi Jefatura en una sola entidad política de carácter nacional, que de momento se denominará Falange Española Tradicionalista y de las JONS” (FET y de las JONS). El propósito de este “Gran Partido de Estado” era, “como en otros países de régimen totalitario” el de servir de enlace “entre la sociedad civil y el Estado” y de divulgar en aquélla “las virtudes político-morales de servicio, jerarquía y hermandad”. La medida fue aceptada disciplinadamente por monárquicos, católicos y carlistas y sólo fue objeto de reservas pronto acalladas por un reducido sector falangista muy debilitado por la desaparición de José Antonio y la falta de un líder sucesorio aceptado por todos.

A partir de entonces, el nuevo partido unificado, férreamente controlado por el Cuartel General, se convertiría en el segundo pilar institucional, tras el Ejército, de un régimen caudillista propiamente calificable ya como franquista.

Serrano Suñer fue el arquitecto de esta transformación de un “Estado todavía campamental” y militarizado en un “régimen de mando único y de partido único que asumía algunas de las características externas universales de otros regímenes modernos”. Por su inspiración y como expresión de la fascistización política que emprendía su marcha en aquellas fechas, FET tuvo mucho más de la antigua Falange que del viejo carlismo, la CEDA o el monarquismo: “en la elección de símbolos, terminología y cuerpo de doctrina, se dio preferencia al sector falangista”.

En realidad pese a esos ropajes, el incipiente régimen franquista siempre reflejaría la simplista filosofía política del propio Caudilllo: anticomunismo, antiliberalismo, antimasonería y determinación de proteger la unidad nacional y el orden social existente por medio de una dictadura militar. Sobre este punto, Manuel Azaña ya había anotado en 1933 las escasas veleidades modernizantes que abrigaban las derechas españolas:

“Hay o puede haber en España todos los fascistas que se quiera. Pero un régimen fascista no lo habrá. Si triunfara un movimiento de fuerza contra la República, recaeríamos en una dictadura militar y eclesiástica de tipo tradicional. Por muchas consignas que se traduzcan y muchos motes que se pongan. Sables, casullas, desfiles militares y homenajes a la Virgen del Pilar. Por ese lado, el país no da  otra cosa.”

Esa orientación reaccionaria y tradicionalista del régimen fue firmemente apuntalada por el tercer pilar institucional del mismo: la Iglesia católica. No en vano, la sublevación militar había podido contar desde muy pronto con una asistencia crucial por sus implicaciones internas y externas: la de la jerarquía episcopal española y de las masas de fieles católicos. En consonancia con su previa hostilidad al programa secularizador de la República y aterrada por la furia anticlerical desatada en zona gubernamental (con una cosecha de 6.832 víctimas), la Iglesia española se alineó resueltamente con los militares. El catolicismo pasó así a convertirse en uno de los principales valedores nacionales e internacionales del esfuerzo bélico insurgente, encumbrado a categoría de Cruzada por la fe de Cristo y la salvación de España frente al ateísmo comunista y la Anti-España”.

El decidido apoyo católico convirtió a la Iglesia en la fuerza social e institucional de mayor influencia tras el Ejército y antes de Falange, en la conformación de las estructuras políticas que germinaban en la España insurgente de la mano de Franco. La compensación por ese apoyo vital no pudo ser más entusiasta y generosa. Una catarata de medidas legislativas fue anulando las reformas republicanas (educación laica, supresión de financiación estatal, etc…) y entregando de nuevo al clero el control de las costumbres civiles y de la vida intelectual y cultural del país.

Por su parte habida cuenta de la condición de católico ferviente de Franco, la jerarquía episcopal española no tardó mucho tiempo en bendecirlo como homo missus a Deo cui nomen erat Franciscus y “Caudillo de España por la gracia de Dios”. Y no se trataría de un mero ropaje para consumo público utilizado por Franco, a pesar de los beneficios que le reportó en el plano interno y diplomático, sino de una convicción arraigada que le llevó a considerarse un nuevo “martillo de herejes” al estilo de Felipe II, por eso quiso posteriormente remedar El Escorial en su faraónico templo del Valle de los Caídos. No deja de ser revelador de esta devoción católica tridentina que Franco tuviera consigo desde febrero de 1937 y durante toda la guerra y hasta su muerte, en su dormitorio, la reliquia de la mano incorrupta de Santa Teresa de Jesús , la Santa de la Raza.

Las dotes estratégicas y tácticas de Franco durante los casi 3 años de guerra civil provocaron mucha inquietud entre los valedores italianos y alemanes. En diciembre de 1936 el general Wilhem von Faupel, embajador alemán en Salamanca, informó confidencialmente a las autoridades de Berlín:

“Personalmente, el general Franco es un soldado bravo y enérgico, con un fuerte sentido de responsabilidad; un hombre que se hace querer desde el primer momento por su carácter abierto y decente, pero cuya experiencia y formación militar no le hace apto para la dirección de las operaciones en su presente escala”.

También en Roma existían serias dudas sobre la capacidad militar del Generalísimo para dirigir con plena eficacia y según modernas doctrinas estratégicas el esfuerzo bélico nacionalista. El conde de Ciano, yerno de Mussolini y su ministro de Asuntos Exteriores, anotó en su diario de 20 de diciembre de 1937:

“Nuestros generales (en España) están inquietos y tienen razón. A Franco le falta el concepto sintético de la guerra. Lleva a cabo las operaciones como un magnífico comandante de batallón. Su objetivo es siempre el terreno. Nunca el enemigo.”

Sin embargo el exultante Caudillo no actuaba bajo meras consideraciones militares ni perseguía una victoria rápida al estilo blitzkrieg, guerra relámpago o guerra celere, guerra rápida, como pretendían los estrategas y gobernantes germanos e italianos. Su pretensión era más amplia y profunda: aprovechar las operaciones bélicas para proceder a la extirpación física y total de un enemigo considerado como la anti-España y tan racialmente despreciable como lo habían sido los rebeldes cabileños en Marruecos. En palabras reveladoras de Franco al teniente coronel Emilio Faldella, segundo jefe del contingente de fuerzas militares italianas que servía a sus órdenes:

“En una guerra civil, es preferible la ocupación sistemática del territorio, acompañada por una limpieza necesaria, a una rápida derrota de los ejércitos enemigos que deje al país infestado de adversarios.”

Por esta razón se empeñó en librar con tenacidad y constancia una lenta guerra de desgaste que diezmaba literalmente las filas de un enemigo peor abastecido de armamento y consintió una despiadada represión contra los desafectos en la retaguardia que acalló la resistencia y paralizó toda oposición entre los vencidos durante muchos años del porvenir. Al principio de la insurrección, dicha violencia represiva habría tenido como propósito la eliminación física de los enemigos más destacados y la creación de un ambiente de terror paralizante que atajara resistencias activas entre los potenciales desafectos. Según confesó posteriormente Franco con insólita distancia personal respecto del fenómeno:

“las autoridades tenían que prever cualquier reacción contra el Movimiento por elementos izquierdistas. Por esto fusilaron a los más caracterizados”.

Sin embargo con la prolongación de la guerra y el encumbramiento de Franco, la represión inicial se convirtió en una persistente política de depuración, “redención” y “limpieza”, de modo que los “paseos” y asesinatos más o menos irregulares de los primeros meses fueron reemplazados por juicios sumarísimos en severos consejos de guerra militares. La finalidad política y social “redentora” de esa represión fue responsable de un elevado número de víctimas mortales que probablemente alcanzó una cifra cercana a las 100.000 durante la guerra, con otras 40.000 tras la victoria y la inmediata posguerra, frente a las 50.000 víctimas de la represión registradas en zona republicana.

Con su pleno consentimiento y legitimación de esa despiadada represión inclemente, Franco obtuvo un rédito político inmenso: un “pacto de sangre” habría de garantizar para siempre la lealtad ciega de sus partidarios hacia el Caudillo de la Victoria por mero temor al hipotético regreso vengativo de los deudos y vencidos. Esa misma sangría representó también una útil inversión política respecto  a los propios republicanos derrotados: los que no habían muerto en el proceso quedaron mudos y paralizados de terror por mucho tiempo.

Con el ejército como instrumento para vencer, con el nacional-catolicismo como ideología suprema y con la Falange como medio para organizar a sus partidarios y disciplinar la sociedad civil, Franco construyó su propio régimen dictatorial entre 1936 y 1939 y libró victoriosamente su guerra contra el reformismo liberal-democrático y contra la revolución social subversiva. En abril de 1939 la victoria incondicional que logró sobre una República aislada y desahuciada internacionalmente dejó el camino despejado para la consolidación de lo que ya era sin duda una dictadura personal del propio Franco.

Como resultado de una sistemática política de adulación, el Caudillo había acentuado su carácter frío, imperturbable, calculador y reservado hasta extremos sorprendentes para sus propios íntimos. El final de la guerra profundizó la tendencia a sucumbir a la folie de grandeur y rodearse de una corte de aduladores interesados. No en vano, si bien no se decidió a ocupar el Palacio Real de Madrid para no enajenarse abiertamente a sus partidarios monárquicos, Franco se instaló en el cercano palacio del Pardo con toda la pompa y ceremonial digna de la realeza, incluyendo la exótica Guardia Mora, fiel recordatorio africanista. Los síntomas de su voluntad de permanencia vitalicia en el poder eran ya inequívocos, así como su determinación de no proceder a la restauración de la monarquía en la persona de Alfonso XIII o de su heredero legítimo y pretendiente al trono, don Juan de Borbón.

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