EL TERROR EN NAVARRA Y ANDALUCIA

Salen florecillas aquí y allí con la lluvia primaveral. Me alegro enterarme de que existen personas como ella La espera fue larga.
Los torquemaditas comentaristas arrasan contra ella. Imposible mejor señal. Una persona de fe, que la vive, transmite, y sabe leer y hacer vivo algo que es muy antiguo y que hoy pocos entienden.



Uno que se va entre llanto y crujir de dientes, tras años de omnímodo poder. Más de uno se alegra.A ver la sorpresa que nos reservan con el reemplazante. Aunque nuestra vida no dependa de ello, qué hartazgo de eclesiásticos españoles ancien régime. No hay manera. Tenemos la semilla de lo antiguo incrustada.

Hablando de ancien régime, a menudas páginas retro me envían enlaces. Y a parte del sorprendente titular, un recuerdo para Isabel Caballero que no tuvo la suerte de que el colegio oficial de Médicos sancionara ni con un apercibimiento a Enrique Rojas después de todo las sacas de madrugada gracias a su firma. Como siempre, el que puede mover hilos y el que no. En países de "estado de derecho" y constitución.
 ¿Sugiere que ha sido jugada del saturnal? estoy muy perdida. Para esas cosas no necesitan cardenales saturnales que limpien su mancillado honor. Se las pintan solos.

Me quedé con las tiendas de objetos religiosos. Lugar ideal para planear rebeliones militares en nombre de Dios y de España.
Estoy haciendo auténticos esfuerzos para no soltar el volumen del Holocausto español. Planeado por sádicos. Si Mola era un sanguinario, Queipo le doblaba. Pensar que conviví con descendientes directos de semejante bicho...hoy hubiera pedido el traslado de residencia.

 Un degenerado dispuesto a limpiar Andalucía de españoles que no pensaran como él, casi desratizar. Sembrando el terror pueblo a pueblo. Ayudado por cuadrillas de falangistas, de señoritos terratenientes, gentes que querían limpiar su pasado republicano y auténticos criminales, inflingiendo castigos, dejando los cadáveres bien a la vista tiempo para atemorizar a la población.
Leer Holocausto español es una forma de amargarse el verano como otra cualquiera. Como no tengo amarguras me lo puedo permitir.

Que de esto no se haga memoria, no lo comprendo ni lo comparto. Y que cuando se quiere hacerla se impida, todavía lo comparto menos. No fue igual la represión en las dos Españas. En la de Queipo y Mola había una voluntad higienista institucionalizada. Se engañaba a la gente para mejor matarla. En el otro lado, había comandos pero institucionalmente se quería retener los desmanes. Y por otra parte no es lo mismo la violencia cuando tienes el poder, el dinero, las tierras, la guardia civil, las armas de los militares entrenados en el sadismo en las guerras africanas que cuando eres base y dependes de que "te armen" y te "entrenen" en su manejo.

Cualquier habitante de cualquier pueblo andaluz puede ir al capítulo "El terror de Queipo" y buscar su localidad para saber lo que pasó. Con nombres y apellidos. Seguro que más de uno se lleva las manos a la cabeza. A las mujeres, raparlas, violarlas, aceite de ricino, hacerlas desfilar al son de la música y luego disparo mortal. Embarazadas o recién dadas a luz algunas. Degeneración total. Muchos de los "rebeldes" envidiaban todo, el dinero, las mujeres, el reconocimiento social de determinadas personas alcanzado por sus buenas acciones en favor de los demás.

Hay historias edificantes de "quien a hierro mata a hierro muere".

Violencia desatada y bendecida, animada, desde los púlpitos. Daba igual que en la población no hubiera habido casi resistencia a la rebelión militar: la consigna era hacer limpia ejemplarizante de izquierdistas, sindicalistas, republicanos y masones y sembrar el terror.

Por cierto, un futuro ACNP y futuro Opus Dei, Pemán, era, sin ser clérigo, de los que animaban a la violencia por Dios y por la Patria con más lirismo.

Pero el cariz propiamente navarro de las bandas de patriotas incorporadas a la lucha por España lo daban los curas y religiosos.

"De hecho algunos fueron de los primeros en unirse a las columnas rebeldes e instaron a sus congregaciones a hacer lo mismo. Con las cartucheras sobre las sotanas y rifle en mano, llenos de entusiasmo partieron a matar rojos. Tanto lo hicieron que los fieles se quedaron sin clérigos para que dieran la misa u oyeran la confesión, y las au autoridades eclesiásticas solicitaron el regreso de algunos de ellos. Un voluntario británcio que combatió con los requetés habló de forma elogiosa sobre el padre Vincent, el capellán militar:

"Era el más aguerrido y el más sediento de sangre que ví en España, habría sido mejor soldado que cura. ¡hola don Pedro! me saludaba, ¿así que ha venido a matar rojos? ¡Fantástico! pues mate a montones." Cuando no estaba atareado con sus labores espirituales, estaba en plena acción. Cumplir su papel de ministro de Cristo le provocaba tremendas frustraciones. Le señalaba objetivos a Kemp y le instaba a que los derribara a tiros. "Creo que le costaba mucho contenerse para no arrebatarme el rifle y disparar él... Cada vez que un miliciano atrincherado corría despavorido en busca de un refugio, yo oía la voz del buen padre invadida de emoción: ¡que no se escape! ¡dispare hombre dispare! un poco más a la izquierda. ¡Sí! ¡Ya le ha dado!", exclamaba, mientras el pobre hombre caía inerte."

A diferencia de los que fueron al frente, Santesteban, el dueño de la sastrería eclesiástica, se quedó en Pamplona entregado, con la fiereza de una corneja especialmente rapaz, a la tarea de purgar la retaguardia de liberales, izquierdistas y masones. Tiempo después presumiría de haber matado a 15.000 rojos en Navarra, y más en San Sebastián, Bilbao y Santander.
La izquierda minoría en la provincia, se enfrentó al exterminio a manos de los fanáticos del alzamiento; el asesinato de civiles empezó inmediatamente. Los primeros meses, las ejecuciones al amanecer atraían a multitudes de Pamplona, y con ellas surgían los puestecillos de chocolate caliente con churros. Los rebeldes tomaban rehenes a los que mataban en represalia cuando se daba parte de la muerte de un carlista. A otros los apresaba durante la noche el escuadrón falangista Aguila negra y los asesinaban a las afueras de Pamplona.

La cifra de 15.000 era descabellada y se sabía que Santesteban el sastre eclesial, salvó algunas vidas. Pero a muchos de los prisioneros que acabaron en el cuartel del Requeté, en el convento de los Escolapios, no se les volvió a ver.
En esta provincia ultraconservadora murieron asesinados 2.822 hombres y 35 mujeres. Otras 305 víctimas murieron por malos tratos y desnutrición en la cárcel. Uno de cada 10 votantes del Frente Popular en Navarra falleció en las purgas.

En tanto que los bombardeos aéreos o las noticias de las atrocidades que ocurrían en otras regiones provocaban con frecuencia represalias populares en la zona republicana, el terror en la zona nacional rara vez era descontrolado. Un ejemplo ilustrativo es lo que ocurrió en Pamplona el dmingo 23 de agosto. El obispo de la ciudad, monseñor Olaechea, gratitud infinita del Opus Dei hacia él, "acogió a nuestro padre tras el paso de los pirineos en 1937", presidía una procesión multitudinaria en honor a Santa María la Real. El mismo día, el Diario de Navarra publicaba su alegato de la campaña bélica de los rebeldes, que describía como una Cruzada. En el transcurso de la ceremonia un grupo de falangistas y requetés sacó de la cárcel de Pamplona a 52 detenidos. En Valcaldera, una explotación ganadera a las afueras de Caparroso, la mayoría de los prisioneros, entre los que se encontraba un dirigente socialista, Miguel Antonio Escobar Pérez, fueron ejecutados. Uno logró escapar. Puesto que monseñor Olaechea había mandado a 6 curas con el convoy de prisioneros (entre ellos el futuro y célebre obispo Añoveros) para  confesar y prestar consuelo espiritual a los condenados, poca duda cabe de que era consciente de lo que iba a ocurrir. Al ver que los párrocos tardaban más de lo que los falangistas estaban dispuestos a esperar, empezaron a matar a los que todavía aguardaban confesión. Los asesinos volvieron a Pamplona a tiempo de participar en los últimos actos de la ceremonia religiosa."

Los ultracatólicos navarros no dudaron en asesinar a curas. Eladio Celaya de 72 años, párroco de Cáseda, había apoyado el retorno de las tierras comunales al pueblo. Fue al obispado a quejarse de los asesinatos en la diócesis. "Nada puede hacerse, don Eladio". El 14 de agosto lo mataron y decapitaron.  Supongo que por "tibio" y defensor de la justicia social, idea que sabemos de sobra es comunismo puro.

El padre Santiago Lucas Aramendía, capellán castrense y abogado. Se sabía que era republicano, apoyaba a los socialistas, defendía la distribución de tierras. Otro cura infectado de marxismo. Se refugió en un convento de Vitoria. Los carlistas lo apresaron, lo llevaron a Pamplona y el 3 de septiembre unos carlistas de su pueblo lo asesinaron cerca de Urdiano.
Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona durante la guerra
El propio obispo Olaechea en noviembre dió una homilía en que mostraba su impresión por el encarnizamiento de la violencia. "Ni una gota más de sangre de venganza", "No más sangre que la que quiera Dios que se vierta, intercesora, en los campos de batalla, para salvar a nuestra Patria. No más sangre que la decretada por los tribunales de justicia, serena, largamente pensada, escrupulosamente discutida."



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