VENTA DE DOCUMENTOS COMPROMETEDORES



6 semanas antes del accidente en Cannes que le costó la vida al magnate del acero de raíces navarras recriado en Argentina y enriquecido por sí mismo, el contenido misterioso de la cartera que llevaba Calvi en sus últimos días
fue hecho público al menos parcialmente en un programa televisivo milanés al que había acudido el promotor inmobiliario sardo Flavio Carboni, enmascarado ahora en salvador del Vaticano. Sólo que los papeles comprometedores para la iglesia costarían dinero, mucho dinero. Las minutas de sus abogados no se quedaban mancas, of course.
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Flavio Carboni
Tras ser arrestado en Lugano y extraditado a Italia en octubre de 1982, mientras la investigación de los cargos contra él proseguía su curso, fue transferido a la prisión de Parma. Estuvo en prisión preventiva hasta agosto de 1984, pasó entonces a ser reo de “arresto domiciliario” en los límites de dicha ciudad. Alquiló una suite en el Hotel Maria Luigia y viéndose fuera de la cárcel tras dos años de encierro no perdió tiempo en sumergirse de nuevo en el trabajo.

Ya en mayo de 1984 su abogado romano, Luigi d’Agostino había preparado el terreno entrando en contacto con un jesuita polaco que trabajaba en el Vaticano. D’Agostino pidió al Padre Casimiro Przydatek que hiciera una visita a Carboni en la cárcel por “razones pastorales”. D’Agostino tenía buenos contactos en el Vaticano desde los tiempos en que había apañado los encuentros de Carboni con e cardenal Palazzini y monseñor Hilary Franco, ambos a su vez supuestamente bien conectados con Opus Dei. Es interesante destacar que en vez de ocultar sus pasos a Hilary Franco, Carboni decidió esta vez escoger como canal un cura polaco que dominaba el idioma de Dante.

Carboni dijo al Padre Casimiro que no necesitaba confesor sino que quería hacer llegar a la jerarquía eclesiástica que estaba en posesión de importantes documentos “vendibles”. Vaya rata el Carboni. Carboni no lo dijo así de claro pero el resultado venía a ser el mismo. Carboni se autoerigió en defensor de la Iglesia. Anunció a Casimiro que se proponía desplegar una campaña internacional que limpiaría el nombre del Vaticano salpicado por el affaire Ambrosiano y podía hacerlo porque conocía el escondite de los documentos de Calvi. Aseguró que dichos papeles probaban la inocencia vaticana y que él podría arreglar el asunto de su compra. Así al menos lo declaró el cura polaco al juez Almerighi.

En Roma el cura polaco se entrevistó con el obispo eslovaco Pavel Hnlica, confesor del polaco y auténtico objetivo de Carboni, Hnlica pasaba por ser el asesor papal en los asuntos concernientes a la Europa del Este. Procedía de Trnava en el corazón de la católica Eslovaquia, recibió la ordenación sacerdotal como jesuita en secreto en el año 1950, cuando las autoridades checas perseguían a los curas por traidores. Todo un resistente.  Pablo VI también secretamente lo hizo obispo de Rusado una diócesis inexistente de la imperial Mauritania Caesariensis, hoy Argelia. Tras mudarse a Roma, Hnlica fue ascendido a jefe de Pro Fratribus, una organización que contrabandeaba Biblias y dinero a los católicos perseguidos tras el telón de acero.

Es cierto y no hay que despreciarlo que en los inicios como numeraria este aspecto de iglesia resistente y mártir en el Este de Europa fue abundantemente explotada como refuerzo de nuestra divina misión. Leíamos publicaciones al respecto de hechos y dichos de aquella iglesia de catacumbas, faltaba poco para la caída del muro, pero mientras tanto la sensación “primeros cristianos” perseguidos era una realidad.

Hnlica envió al Padre Virgilio Rotondi, otro supuesto monseñor cercano al Papa polaco, en visita a la prisión de Parma. Rotondi y Carboni pasaron dos meses pergeñando una campaña internacional dirigida a despertar simpatías por la causa del Vaticano, la campaña se basaba en documentos seleccionados del maletín de Calvi. El nombre cifrado de la campaña era Operación SCIV, según las iniciales en italiano de la ciudad del Vaticano.

Sólo que Carboni pedía unos 20 millones de libras para iniciar la puesta en marcha de la operación. Hacía falta el Money para comprar los documentos y las voluntades de políticos, periodistas, publicistas y magistrados. Además quería otros 6 millones a modo de provisión. Rotondi llevó la misiva a Hnilica y consultaron a los superiores.

El obispo de Rusado se reunió con Carboni en noviembre de 1984 por primera vez, una vez que los jueces levantaron el arresto domiciliario y permitieron al sardo regresar a su villa romana. Hnlica le comunicó que tenía el visto bueno de la superioridad para indagar más en la propuesta. Como señal de buenas intenciones Carboni mostró al prelado tres cartas escritas dirigidas a Calvi por el chantajista de profesión Luigi Cavallo, dos eran originales. Carboni aseguró conocer el paradero del resto de los documentos pero necesitaba líquido para adquirirlos.

Aunque las cartas decían bien poco de Roberto Calvi, no probaban en modo alguno la inocencia del Vaticano en el crack del Ambrosiano. Quedaron en enero de 1985 y en esa reunión Carboni sacó copias de dos cartas escritas por Calvi, una de 30 de mayo de 1982 al cardenal Palazzini y la otra de 6 de junio de 1982 a monseñor Hilary Franco, también mostró un documento al que se le habían recortado algunas partes que empezaba con las palabras “Monseñor Marcinkus me reprocha. El Padre Rotondi pagó por esos tres documentos 190.000 libras en cheque.
Con el fin de convencer a Hnilica de que el trato era de fiar, Carboni se presentó con un tal Giulio Lena, hombre procedente de los bajos fondos, y de los más señalados traficantes romanos de droga. El obispo desconocía este extremo. Carboni dijo que Lena ya había puesto dinero para recuperar los documentos de Calvi. Le había dado a Carboni 600.000 libras esperando obtener beneficio.

En mayo de 1985 Lena entregó a Hnlica una carta firmada por Calvi de la que se había quitado el destinatario pero que supuestamente era el papa. En ella criticaba  a Gelli y Ortolani llamándolos agentes del Diablo. Calvi aseguraba que el colapso del Ambrosiano haría colapsar al Vaticano:

Desde que me ví abandonado por lo que consideraba mis más fieles aliado, no puedo evitar pensar en las operaciones que emprendí por cuenta de los representantes de San Pedro… Facilité financiación por toda América latina para buques de guerra y diverso equipamiento militar que habría de ser usado en contra de las actividades subversivas y bien organizadas de las fuerzas comunistas. Gracias a estas operaciones la Iglesia puede presumir de buena salud en países como Argentina, Colombia, Perú y Nicaragua

La carta terminaba:

Estoy cansado, muy cansado….Los límites de mi gran paciencia hace tiempo que se han colmado… Insisto en que todas las transacciones referentes a la expansión política y económica de la iglesia tienen que ser reembolsadas, he de pagar los mil millones de dólares que entregué a Solidarnosc por expreso deseo del Vaticano; tengo que devolver el dinero utilizado para organizar centros financieros y poder político en 5 países sudamericanos, en total 175 millones de $, que retuve en condiciones todavía por determinar como asesor financiero obligado a viajar a varios países del Este y a Latinoamérica; necesito recobrar la paz mental…¡que Casaroli, Silvestrini, Marcinkus y Mennini me dejen tranquilo! ¡¡¡Haré frente al resto de mis obligaciones por mí mismo!!!




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