REFORMISTAS FRENTE A TRADICIONALISTAS













Catolicismo y derechos humanos, la iglesia tiene que reformarse

Heribert Franz Köck
14.7.2017
Cuanto más dinámico parece el mundo humano, la iglesia católica tanto más se bate en retirada. Sólo si sus miembros se sienten concernidos por los derechos humanos, se harán las reformas pertinentes.

El periódico «Neue Zürcher Zeitung» lanzó una pregunta a debate de los lectores el 12 de junio ¿Puede haber una reforma de la iglesia católica que no rompa la propia iglesia?
El tema es altamente interesante y concierne a dos importantes preguntas sobre la reforma de la iglesia: ¿La modernización de la iglesia católica amenaza con romperla? Y en segundo lugar ¿Es preciso renunciar a la exigida modernización por miedo al cisma?

Los movimientos internos de la iglesia que exigen reformas habitualmente utilizan palabras como „modernización“ frente a „inadaptación al espíritu de los tiempos“ o „las verdades eternas no pueden modernizarse“. Por supuesto que una reforma eclesiástica comporta una modernización, que consiste en que los eclesiásticos y el derecho eclesiástico formados en un horizonte de comprensión anterior, sean interpretados de modo nuevo según otras circunstancias, que se adapten en su forma de expresarse y de relacionarse con las reglas. Puede ocurrir que esa novedad suponga un retroceso a algo viejo, pero sería una injusticia callar.
Como respuesta a la primera pregunta ¿La modernización de la iglesia católica amenaza con romperla?  Una mirada a la más reciente historia de la iglesia nos ofrece un punto de vista. Mientras los reformadores de la Iglesia estaba decididos a comportarse como activos católicos que se quedan en la iglesia con el lema: “no marcharse sino avanzar”, el aggiornamiento iniciado por Juan XXIII y puesto en práctica por el concilio Vaticano II, sin embargo fue saboteado una y otra vez por la jerarquía romana y se separaron una larga serie de grupos tradicionalistas, la Fraternidad de San Pío X es sólo el más conocido de ellos.   
Así que no se puede excluir que la modernización de la iglesia conlleve la amenaza de parecidos cismas por parte de grupos similares; si se deben tomar en serio las encuestas realizadas a los creyentes sobre la reforma de la iglesia, no hay que hacer demasiado caso de esas amenazas.
La respuesta a la segunda pregunta, «¿Es preciso renunciar a la exigida modernización por miedo al cisma?», no debería ser decisiva. Más bien lo decisivo es que los resultados de la exigida modernización son imprescindibles.
El orden eclesiástico actual es contrario a los derechos humanos en dos puntos fundamentales, la obligación del celibato y la discriminación de las mujeres por su exclusión de la consagración sacerdotal, y como los derechos humanos se basan en la naturaleza humana, esas disposiciones son contrarias al derecho divino natural. En estos puntos no puede haber ningún compromiso, ni siquiera un celibato que sólo fuera para „viri probati“. O que las mujeres fueran admitidas en el orden sacerdotal exclusivamente como diaconisas; las reglas actuales representan una injusticia, y deben ser eliminadas sin contemplaciones ni condiciones.
En esta situación se habla de que es preciso ser «tolerantes» y no dar la espalda a  los tradicionalistas. Pero dejando de lado que cuando se trata de abolir una injusticia no se trata de intolerancia, es evidente que la posición reformista no es intolerante, lo es la tradicionalista.
Los reformistas no quieren abolir el celibato, no se trata de obligar a nadie a casarse.  Sólo se pretende abolir el deber del celibato de manera que cada cual pueda escoger libremente su estado civil. Los tradicionalistas quieren todo lo contrario, obligar a los curas al deber del celibato.
Los reformistas no pretenden sustituir el sacerdocio masculino por un sacerdocio femenino. Sino que cada uno y cada una, quien se sienta llamado, pueda tener acceso al sacerdocio en igualdad de condiciones, sea hombre o mujer. Los tradicionalistas por el contrario pretenden excluir a las mujeres del sacerdocio.
Los reformistas quieren que la forma de celebrar la Eucaristía sea dejado al criterio de los que en ella participan. Los tradicionalistas pretenden imponer el rito tridentino en latín. Rechazan todas las reformas litúrgicas habidas tras el concilio Vaticano II.
Los reformistas quieren que en la Iglesia todos puedan hacer aquello para lo que se sienten capacitados. Por eso los laicos deberían poder predicar. Los tradicionalistas quieren reservar la predicación para los que han recibido el Orden sacerdotal, aún  cuando consagración sacerdotal y entendimiento no siempre vayan  juntos.
La tolerancia de los reformistas va tan lejos como para tolerar la intolerancia de los tradicionalistas, cuando se trata de una postura personal. Lo que no se puede permitir es la mera posibilidad de la intolerancia activa, es decir que de manera intolerante traten a los demás como menores de edad o les pongan límites.

Comentarios

Ricardo Pérez Jorgapp ha dicho que…
En lo del celibato estoy completamente de acuerdo. No se trata de obligar a nadie, simplemente elegir. En cuanto a lo de la mujer me parece que se hacen mucho mas daño quienes lo proponen, que quienes se oponen. A quienes se oponen les da argumentos muy solidos para seguir oponiendose de la forma tan comoda como lo hacen. Simplemente la mujer en mi opinion tiene otro papel muy importante en la Ilglesa proponer nuevas formas de participacion originales de la mujer en la Institucion es una asignatura pendiente. Pero los reformistas con el tema de la mujer se meten ellos mismos en un callejon sin salida.
Anónimo ha dicho que…
El Ferragosto de 2017 trae sus primeros "frutos". Ojo, que vienen varias más.

http://www.lastampa.it/2017/08/26/vaticaninsider/es/documentos/las-cartas-autgrafas-con-la-renuncia-preventiva-de-pablo-vi-VUT752CWmDPYsGOkoLx4kI/pagina.html

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